El otro Quino

 

El otro Quino

Para un niño de extrraradio de clase baja tirando a subsuelo durante la ya bien entrada década de los 70, la única opción para acceder a lecturas que los quioscos no ofrecían era peregrinar hasta la biblioteca más cercana recorriendo grandes distancias con descampados y calles sin asfaltar llenas de peligros, muchos de ellos reales y otros que sólo vivían en nuestras cabezas.

Sin la edad suficiente ni los conocimientos para discriminar entre tebeos y cómics, los primeros ya se nos antojaban para críos y los otros para chavales con los primeros síntomas leves del proceso de conversión a pubescente.

En aquellos santuarios de gente silenciosa petados de libros aburridos con sólo letras, además de los habituales tochos de Bruguera como Magos del Humor o Súper Humor, había apenas una balda con aquello que no eran ni una cosa ni la otra. Allí muchos encontraron a Hugo Pratt, Hergé y también a Quino, y a muchos otros grandes autores de forastifuera.

Creciendo entre dibujos

Si de chaval me fascinaban aquellas páginas que parecían hechas por superhumanos, de adulto cualquier autor me merece todos los respetos (con algunas excepciones). Los que lo intentan porque ahora conozco el sacrificio que supone y otros por lograr ganarse las habichuelas dibujando chistes sin perder la ilusión.

No pasaron muchos años y todo aquello nos parecían ya lecturas infantiles, para que se hagan una idea, hasta los humoristas gráficos de los periódicos se me antojaban unos soporíferos “blanditos”. Los descarados 80 nos descubrieron aquello que llamaban “underground” que le dio una segunda alegría a los quioscos y también algo aún más under, los fanzines.

Y así, entre dibujos, como el que pestañea dos veces, ya te habías hecho mayor. Muchos siguieron leyendo tebeos. Otros, los más tarumbas, creyeron que incluso podrían dibujarlos. En todos los casos, volver a aquello que leímos sigue siendo un ejercicio obligado y agradable con sus dosis de nostalgia y redescubrimiento.

Sin palabras

Con Quino me sucedió algo así, Mafalda, su personaje más popular y ahora más manoseado en internet, me parecía demasiada “blanco”, en parte porque no teníamos por aquella época mucho contexto sobre los devenires de la sociedad argentina. También me resultaba serializado como cualquier otro producto comercial.  No en vano sus orígenes fueron un intento de ilustrar una campaña para vender electrodomésticos.

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De muy adulto descubrí que la chicha de Quino estaba en su humor sin palabras. Dibujar buen humor mudo es jugar en categorías superiores. Y si encima se trata de hacer, no una viñeta, sino páginas enteras, más aún.

Quino, un tipo siempre discreto y humilde, tocó con maestría y sin palabras casi todos los temas costumbristas suaves y otros tantos complicados para el humor como el suicidio, el machismo, la prostitución, el maltrato, la represión y otros asuntos de hoy, ayer y siempre. En algunas de estas piezas, aún tirando de un chiste simple, consigue que destaque y brille por su resolución en lo gráfico.

Quino se fue dejando un gran hueco y muchas buenas viñetas por leer y releer. Falleció el miércoles 30 de septiembre de 2020 a los 88 años en Mendoza (Argentina), la ciudad donde nació. Todas las ilustraciones son sólo una pequeña muestra y pertenecen al libroEsto no es todo” de la editorial Lumen (2001). Un tomo muy rico de más de quinientas páginas de los muchos que se editaron, y se seguirán editando.

El otro Quino 2 Relacionado: Buscando a Quino. Último documental (Junio 2020)

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Un comentario

  1. santino 2 octubre 2020

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