Caricaturas y antorchas

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Después de escribir la historia de las diferentes reacciones a la viñeta de Alejandro Salazar sobre al accidente en el Carnaval de Oruro (Bolivia). Desde el diario  La Razón me pidieron que les enviara mi opinión  y la acompañara de una viñeta.

Esta es la imagen que aparecerá junto al texto en la edición impresa.

Caricaturas y antorchas

La libertad de expresión puede causar molestia, sobre todo entre los que creen que pueden manejarla

La polvareda que levantó la viñeta de Alejandro Salazar  sobre el Carnaval Oruro publicada el 6 de marzo en La Razón me llamó mucho la atención, sobre todo por las diferentes reacciones airadas de unos, con un marcado acento de amenaza, y las débiles y tímidas de otros como la de la Asociación Nacional de Prensa Bolivia (ANP).

En el reparto de libertades es tan lícito y natural dibujar sobre cualquier asunto como opinar que lo dibujado nos parece deleznable. Así es el juego cuando es justo y ahí se debería quedar todo. Al final, una viñeta editorial no deja de ser una opinión más, sujeta a crítica como cualquier otro contenido. Y la crítica y su libre circulación, que tantas veces es vista con malos ojos, no deja de ser un síntoma de salud democrática.

Lo que se suele juzgar es la intencionalidad, y cuando las interpretaciones retorcidas aparecen, el diálogo salta por la ventana. Presuponer que el autor perseguía el escarnio burdo, la burla malintencionada, el daño gratuito o el desprecio al dolor es también doloroso. Y triste.

La mezcla de realidad y ficción, que no dejan de ser recursos humorísticos, suele confundir a aquellos lectores poco educados en el género que creen que una caricatura no es más que una simple burla. Nunca querrán entender que las viñetas no son tan diferentes a una pieza informativa, una columna de opinión o una fotografía, con la salvedad de su brevedad e inevitable simplismo a la búsqueda de esencia. No obstante pueden quitar hierro a escenas crudas, señalar otras realidades que a veces se nos niegan o invitarnos a cuestionarnos lo que nuestro sesgo nos impide ver.

Los indignados dieron por hecho la ausencia de empatía del dibujante,  y a partir de ahí construyeron un discurso en el que se arrogaron un derecho inexistente que les autorizaba a cargar con todo y sentenciar quién debía callar.

La Razón ofreció voz y espacio en sus páginas, junto a una disculpa, a aquellas personas y colectivos que quisieron expresar su malestar por el dibujo, pero antes recibió advertencias con  mensajes muy peligrosos. Avisos de represalias, de antorchas.

Parece que hemos olvidado las escenas entre 2005 y 2007, con fuego de fondo, que provocaron las caricaturas de Mahoma o las persecuciones y encarcelamientos de dibujantes en Irán o Túnez, por citar algunos casos al vuelo.

La libertad de expresión puede causar molestias, sobre todo entre los que creen que pueden manejarla a  su antojo. Los viñetistas editoriales siempre andan en la cuerda floja con esos temas que nunca están exentos de polémica, la muerte es uno de ellos. Lo normal es pasar por estos asuntos de puntillas o dejar pasar un tiempo, nadie sabe definir cuánto tiempo con exactitud.

Sea como sea, intentar evitar que se opine es la mecha perfecta para que se enciendan cientos de reacciones en contra. Y así fue, el intento de silenciar una caricatura provocó que se dibujaran más de ochenta, que quedaron en  http://www.todosconalazar.blogspot.com.es/ como alegato a la libertad de expresión.

Si hay que elegir entre antorchas y viñetas, no tengo dudas. Prefiero un millón de caricaturas.

El arte de titular

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Es lo que hay, un chorreo diario de dicen, dice, dijo.

No hay ninguna información tras las opiniones, sospechas, deseos y especulaciones que llenan portadas.

Esto es algo que he discutido con algún que otro periodista de los que defiende que cualquier cosa que diga un presidente, ministro o destacado lo que sea, debe ser noticiable. Y para colmo llaman a eso “información política”.

Otros lo justifican como una forma de archivar mentiras, promesas y predicciones para tirar de hemeroteca cuando la cagan anunciando cifras o vaticinando sucesos.  Aunque con ello haya que darle toda la repercusión a una simple frase sin nada que refuerce o confirme el contenido de la misma, y que sea el tema del día.

Pero aquí pongo el pie en la pared. Una gilipollez, una opinión o un nada es simplemente eso, nada. Lo diga quien lo diga. Como mucho puede formar una mínima parte de un algo de interés informativo como anécdota relacionada al vuelo. Y no me hablen de eso del arte de titular y de la rancia canción de que los titulares deben “atrapar”, porque eso ya suena a pócima de charlatán ambulante medieval.

Pero basta hacer un ejercicio simple, seleccione seis o siete portadas de los medios que guste. Tache para descartar de la portada los titulares basados en declaraciones sin más dato que la frase del lenguas de turno. Lea lo que se ha salvado. Ahora  tire el periódico a la basura o cierre su navegador y hágase una pregunta, ¿qué cree que ha aprendido o podido saber hoy?

Dele una vuelta más antes de contestar.

alternativa

Félix Soria también tiene sus dudas.

Afinando la ironía

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Tonter es esa cosa que me produce una incomprensible mezcla de rechazo y atracción según el día y a la que dedico  ratos sueltos mientras hago ver que trabajo.

Algunas veces lo uso para charloteo informal, como laboratorio de ensayo para frases absurdas o para abocetar ideas que a veces se convierten en viñetas. En cualquier caso, dentro de todo lo chungo, me lo tomo como un espacio para el ocio donde  casi siempre suelo pasarlo bien.

No voy a filosofar sobre la ironía y sus capas, pero hoy ha aparecido una de tantas que suelo soltar publicada en las últimas páginas de El Mundo.

El diario recopila alabanzas a modo de reseñas breves escritas por usuarios de Tonter, que opinan sobre su recién estrenada edición de la tarde. Todas ellas son piropos y exclamaciones de júbilo. Algunos hasta lo catalogan de “acontecimiento periodístico” y un “hito del periodismo”.

Entre ellas se ha colado la mía. Una crítrica, quizá demasiado sutil para el que hizo la selección de las loas, sobre establecer franjas horarias en internet  cuestionando la supuesta novedad de publicar “por la tarde”. Tampoco era la primera chufla.

Esto es lo que sucede cuando se ajusta demasiado la ironía y se afinan niveles para suavizarla, que no todo el mundo es capaz de pillarla.

En ese juego que hacen los medios cuando entran en modo autobombo comercial, filtrando opiniones para quedarse con lo bonito pasando por alto las críticas, colar una  con mira telescópica hace que considere el recorte como un trofeo, que desde hoy pasa a la carpeta “Hitos de Tonter”.

Espero sepan disculpar este breve ataque de narcisismo.

 

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Imagen cortesía de Luis Faci
naricesVer página papel.