Crisis

Miércoles, noviembre 23rd, 2011

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La mayoría de los que hablan de economía sumergida, picaresca y blablabla no han sufrido ni un solo día la realidad de la crisis en zonas históricamente maltratadas por la falta de trabajo.
Incluso algunos gestores de lo público, llamados a solucionarlo, saben y anuncian las cifras del volumen de trabajo “en negro” sin aportar soluciones para aliviarlo o adaptarlo a la realidad social, más allá de criminalizar los subsidios para anunciar a continuación recortes y sanciones.
Hay muchos casos, demasiados, en los que trabajar como sea en lo que sea es un ejercicio simple de supervivencia en el que no existen alternativas.
El problema de hoy hay que solucionarlo hoy, como sea.
Intente vivir con 400 euros (si tiene derecho a ellos y como máximo durante seis meses y punto) , o sin nada, levántese un día y otro, y otro, rodeado de desesperanza, de ausencia casi absoluta de expectativas, sin nada en el bolsillo y vuelva que repetir que no es legítimo buscarse la vida como se pueda.
Aún así, siempre ando discutiendo con todos aquellos que, superados los problemas graves, siguen instalados en esa tradición tan nuestra (que no es patrimonio exclusivo del andaluz o el extremeño) de seguir en la economía sumergida y el trapicheo con excusas peregrinas.
La clase política se ofende cuando se generaliza y se les tacha de “casta” de privilegiados y/o corruptos, pero no pierden oportunidad para tirar mierda al obrero, y lo hacen al bulto, incluso geolocalizando su estupidez.


Como ya veía venir, el día no da para mucho más.
La rutina de lo diario está limitando mi paso por aquí para escribir o dibujar algo a una o dos veces por semana, como mucho.
Y como el caché no da para liar invitar a dibujeros blogópatas de relumbrón a que llenen esto con su trabajo mientras me rasco la barriga, anuncio un recorte de la periodicidad en el fururku.
Pero esto no es malo, estar ocupado es casi una bendición, además me ha ayudado a coleccionar algunos tochos en el trastero de los borradores que voy puliendo a ratos.
En fin, que hay que trabajar muy duro para calmar a los mercados y puedan tener su medicación cada ocho horas.


Incertidumbre de los mercados.
Es el nuevo que viene el coco, la frase comodín que justifica todo y que no hace falta explicar.
El PSOE considera que convocar un referéndum transmitiría “incertidumbre” ante los mercados, con este razonamiento se puede pensar que la reforma es un capricho de los mercados y se hace pensando en ellos.
Y el viernes PP, PSOE, y quién se arrime, aprobarán por la vía de urgencia la reforma de la Constitución para limitar el déficit público, pero sin la opinión y/o participación del público.
Por la siguiente regla de tres se puede concluir que votar, decidir, eso inexistente de la participación ciudadana o celebrar consulta popular se descarta en virtud de las turbulencias de los mercados (versión etimológicamente más violenta de “la incertidumbre de los mercados”), como un estado de excepción económico.
Llegados a este punto, entiendo que lo que nos dicen es que los ciudadanos no somos los mercados.
Somatízelo, que usted de estas cosas económicas no entiende, tenga la certidumbre. Su obligación como contribuyente es quejarse al tiempo que intenta enterarse de cómo afectará esto a su vida cotidiana.
Pedir políticas sociales es ser antisistema y pretender votar más de la cuenta es anticonstitucional.

Relacionado: unos folletos


-¿Cómo se llamaba aquel librito que hicimos?
-Si, hombre ese que nos llevamos pasando por la piedra 33 años…
-Tráelo que le hagamos un apaño.
El PSOE ha hecho hoy su último saque.





Hoy he ido a buscar a alguien a su trabajo, pero nada más asomar la nariz por la puerta me ha dicho que ya no es su trabajo. Había recibido el despido. Había perdido su trabajo, otra vez, hacía apenas unos minutos pero ya me pareció que tenía la cara de parado.
Y otra vez la misma angustia y esas ganas salvajes de hacer algo, un lo que sea.
Pasaban unos minutos de las diez de la noche y decidimos volver paseando, la mayoría de las ventanas de las casas estaban iluminadas, como siempre, y la calle vacía, también como siempre en un día laborable para el que lo sea.
Por naturaleza soy de reirme de todo, pero esta vez se me olvidó, mi cabreo era principalmente no poder encontrar las palabras para romper el mal rollo, esas que no tuvieran el tópico protocolario de salvamento, pero sobretodo me jodió no poder ayudar ahora y ya, en lugar de prestarle esperanzas de segunda mano.
Su empresa no pierde dinero, porque la suya es una empresa mantenida con los impuestos de todos, donde la bolsa de trabajo, las oposiones y las colocaciones son un completo cachondeo, un chanchullo descarado.
Siempre con la maleta hecha y los trastos dando tumbos de provincia en provincia, obligado a no echar raíces en ningún sitio, a practicar el nomadismo laboral deshumanizado, la mudanza de hoy para mañana.
Por el camino las luces de las ventanas me recordaron el apagón de protesta contra la factura de la luz, manifestantes silenciosos, encerrados. Es jodido estar triste y enfadado a la vez, porque no sabes si es mejor gritar, quejarte bajito o todo a la vez.
La gente que pierde su empleo, o no lo tiene, nos importa un carajo. Sí, que no se indigne nadie. ¿Acaso sabemos cuántos de nuestros vecinos, esos de la luz en la ventana, tienen o no trabajo?. Somos silenciosos.
La guinda ruidosa al silencio la pone esa coletilla de que por el sur vivimos del paro, que la nuestra es la cultura de la subvención, que nos alimentamos de cantar y contar chistes.
No me gustan las historias tristes, entiendo a los que huyen de ellas, pero las hay a miles, y el guión es siempre el mismo. Sólo cambian las caras.
Los internautas somos personas pero la calle no es internet, donde hacemos un papel para que los dramas caduquen enseguida, etiquetamos de pesados a los que levantan la voz más de dos veces por lo mismo, donde nos engañamos creyendo que los números son personas y que son una fuerza matemática invisible y demoledora que reescribe leyes y derriba injusticias.
Al menos que suene el ruido de las teclas un rato. Así ha acabado un mal día. Desilusión. Y me cago en el silencio y en todos los que dirigen este país.
Y para las son/risas, vuelva otro día.


Recordando viñetas de finales de octubre.
El “nuevo” ministro de trabajo, Valeriano Gómez, se estrenó mintiendo.
Tres horas le duró la mentira.