
Hallábame realizando las tareas domésticas, concretamente fregando el pasillo con agua caliente mientras hablaba por teléfono con la cabeza apretando el aparato contra el hombro, fue un error,el móvil ha salido despedido cual supositorio en dirección contraria.
Juro que es verdad, voló en cámara lenta, pero como he sido camarero y tengo una especial habilidad para poner el pie a las cosas que se caen antes que lleguen al suelo, evitando que se rompan, levanté la pierna, pero el cabrón del teléfono quiso dar en la rodilla y volvió a elevarse.
Alargar la mano para cazarlo al vuelo fue otro error, llegué tarde y se desvió para rebotar contra un mueble zapatero describiendo una parábola perfecta para acabar zambulléndose en el cubo de la fregona, de nada sirvieron las mil plegarias mentales de “al cubo no, “al cubo no” mientras lo veía surcar el espacio aéreo camino del agua.
La intervención fue rápida, sacarla del agua y correr, aunque seguía escuchándose la llamada, fue todo una. Quitar batería, sim, la tarjeta sim, la de memoria y las carcasas, había que desmontarlo todo rápidamente.
Maldigo a los que ensamblan este tipo de cacharros, los cierran con los tornillos más diminutos que existen y las pestañas más extrañas que requieren precisión y orden concreto impidiendo que puedas lograr un despiece de urgencia.

Esto, en parte, quizá haya dificultado la entrada de agua unido a la intervención dan como resultado una posibilidad, aunque remota, de que la Blackguarry salve la vida.
Una carrera de primeros auxilios a un ritmo frenético acaba de empezar
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