Fundamentalista

Domingo, julio 24th, 2011

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Viñeta de 2009
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No lo voy a negar, este año, con eso de los 30 años del golpe de estado del 23-F he acabado hasta la mismísima boina de documentales con las mismas imágenes, las mismas grabaciones, debates calcados, las mismas frases de exaltación de la transición y las mismas todo.
Y ya que se le mete caña a la tele cuando da la plasta, es de justicia felicitar a los medios cuando hacen algo guapo y el documental “El Papus, anatomía de un atentado” es una de esas cosas por las que creo que TVE restó unos cuantos negativos. Un trabajo muy recomendable.
De ese documental se desprenden algunos mensajes, muchos de ellos conocidos, pero el más inquietantes es que 33 años después sigue prohibéndose a medios de comunicación, y supongo que también a investigadores y divulgadores poder acceder y consultar los informes sobre el atentado a la revista El Papus.
Y eso, dice mucho y malo, de eso que llamamos democracia.


Hay imágenes que en segundos pasan a ser documentos históricos, pero saber dónde estaba y qué hacía cada uno de los millones de paisanos habitantes de la tierra cuando la cosa sucedía, pues va a ser que no.
Para decir lo que dice todo el mundo ya está todo el mundo pero parece inevitable tener que volver a escucharlo todo otra vez.
Ocho años depués, con la aparición de nuevos videos, hemos podido leer otra vez millones de testimonios a la pregunta/meme de:
Así se puede concluir que un cerro de personas en España estaban o comiendo mientras miraban la tele o casi echando una siesta o entrando o saliendo del trabajo, entre otras actividades cotidianas.
Aún no he encontrado a nadie que dijera que estaba echando un kiki (bueno sí, uno) mientras se producía la catástrofe, lo que demuestra que o lo contamos poco o que no echamos tantos kikis de sobremesa como decimos.
Seguro que este año hemos vuelto a leer o escuchar por octava vez al mismo tipo contando lo que estaba haciendo cuando los aviones chocaban contra las torres tal que abuelo batallitas.
También hemos podido saber que un señor de Palascarras del Condado dejó de de leer el Marca para atender a la tele y que María Fururkez creía que se trataba de una película hasta que su carnicero le confirmó el atentado. Y que en la oficina muchos consiguieron un escaqueo importante para mirar la tele con semblante serio para soltar un “esto es la tercera guerra mundial” de vez en cuando.
Seguro que tiene una explicación desde el discurso sicológico pero aún no sé de qué sirve contar aquí como posesos dónde estaba cada cual cuando a miles de kilómetros sucedía aquello. Y menos aún que lo hagan todos a la vez y el mismo día, también en internet, engordando el empacho de imágenes de aviones que se estrellan al tiempo, una y otra vez, en todas las televisiones del mundo.
El meme ¿Dónde estabas cuando? es el meme más grande, pesado y recurrente que conozco de momento, superando de largo a los exitosos memes de:
¿Qué haría usted si le tocara el gordo de navidad? y del ¿Qué haría usted si fuera presidente?


Algunos silencios y jeroglíficos etimológicos pueden sonar como un disparo, la indiferencia manifiesta suena a argumento cruel e insultante de una minoría ruidosa, la del estruendo cobarde.
Sentir asco por el asesino y expresarlo ni quita ni da razones, simplemente nos identifica como personas.


Los actos de recuerdo de los que perdieron la vida en el atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid previstos para hoy seguro volverán a rescatar debates ya hechos. Mientras algunos ya hablan de cierto “abandono” de las víctimas y también de su monumento que dejó titulares inquietantes como este.
Viendo el anticipo de las portadas de los diarios de hoy parece que, cinco años después, será la televisión la que dedique más espacio al atentado.








ETA ha vuelto a matar usando su “valiente” método del tiro en la nuca con Ignacio Uría
Cada vez me cruzo con más personas que opinan que habría que dejar de darles “difusión” mediática a los actos terroristas, que si les damos menos o ninguna cancha se verán ignorados, asilados o algo que no se bien cómo definir y que tampoco se que efecto produciría.
Puede que muchas de estas personas que creen que no hay que hablar o hacerlo menos y que es mejor limitar la difusión de las escabechinas etarras, por la circunstancia que sea, estén ya inmunizados ante asesinatos selectivos con tiro en la cabeza, puede que por lejanía geográfica, ideológica o cerebral piensen que es mejor dejar pasar de largo un muerto mostrando una postura antinatural de “pensar hacia otro lado”
Si bien es cierto que cada bomba y cada tiro aprieta millones de lenguas y desata una competición y bronca muchas veces innecesaria de condenas, el peligro de que estas ejecuciones se conviertan en algo cotidiano y aceptado con tranquilidad nos lleven a un irreversible inmovilismo de sentimientos que deje un peligroso legado a los que crecen y se forman con la violencia desfilando por sus televisiones.
Si callan a tiros a alguien y todos callamos, también estamos muertos.