Soy sindicalista

 

Soy sindicalista

         

En estos días que tanto se habla de sindicalismo, por lo general para mal, he recordado que en el pasado no sólo  pertenecí a un sindicato, asistí al nacimiento de uno de ellos.

El 19 de diciembre 1999 fui uno más de un grupo de trabajadores de la prensa que se reunieron en Málaga para ser socios fundadores de un sindicato de periodistas, que aún existe.

Hace apenas una década cuando aún no se hablaba de crisis, los trabajadores de los medios tenían condiciones de trabajo realmente penosas. Ahora son de pena y media.

Pero claro, no teníamos ni prensa ciudadana, ni la alegre explosión de lo Social Media e internet tampoco era una herramienta, ni siquiera para el ruido.

Los más valientes, como mucho, nos paseábamos con una pegatina que rezaba: “Mi precariedad es tu desinformación“, pegada en la cámara, la grabadora o en una libreta. El resto de la fuerza se nos iba por boca  en un bar tras la jornada o en alguna que otra reunión entre rueda y rueda de prensa.

Era un tiempo en el que la fuerza sindical fue tiroteada, abatida y enterrada por el falso corporativismo del gremio, la guerra entre sindicatos y la preocupación desmedida por la defensa de los trabajadores de cabeceras “importantess” o de periodistas “clave”, dejando  poco a poco arrinconados  a currantes de medios locales, semanarios, técnicos y a otro personal que interviene en el proceso de  elaboración de la información.

Tuve la sensación de que sólo se buscaba la repercusión mediática para obtener más imagen de poder para el sindicato, una fuerza que no tenía y terminé por abandonarlo.

De aquello aprendí algo muy valioso que sólo se percibe con el paso del tiempo, nada fue en vano, aún con errores, era necesario.  Continuar inmóviles y sumisos sólo podía estropearlo todo aún más.

Más tarde fui de nuevo sindicalista y delegado sindical en mi empresa.  De un sindicato de clase, UGT,  en unas elecciones ganadas al anterior sindicato.

Pero cuando vi cómo los que debían pelear y engrasar todas sus herramientas para evitar un atropello de derechos como un ERE camuflado de despidos “objetivos” no encendían una chispa de combate y además se rendían a la empresa de entrada, nuevamente el aburrimiento y la decepción me hicieron abandonarlos.

Visto con la perspectiva de la distancia y asistiendo a la criminalización simplista de la acción sindical como campaña de desprestigo a la izquierda de las mil izquierdas, siento que se ha guarreado el discurso.

El uso del término “sindicalista” de forma peyorativa así lo demuestra. Pero todo esto pasará.

Aún así, soy sindicalista, aún trabajando por cuenta propia. Porque sindicatos hay muchos, porque ser sindicalista no es sólo gritar puño en alto, no son sólo huelgas, es  agarrarse a lo conquistado y no soltarlo. Y ahora vuelvan a  leer la reforma laboral y si pueden y quieren, enciendan otra chispa o esperen otra década a ver lo que se encuentran.

Recurso de inconstitucionalidad contra la reforma laboral

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