agosto 30th, 2009


En vacaciones se cocina lo justo e imprescindible, hay días que ni eso. Tras un día largo de pacá y pallá decidimos entrar en un centro comercial de los del triángulo verde a pillar unos cuantos plásticos de platos preparados de esos que venden allí para una cena rápida.
En un supermercado de El Corte Inglés todo es elegancia , hasta puedes ver una señora renegría, con gesto solemne, decidiendo la adquisición de una cebolleta sin perder la compostura estilística.
Llego a la caja y vuelco el contenido de lo comprado sobre la cinta.
-”Pip, pip, piripip”, son 14, 50 señor, dice la de los pips mirándome sólo un poco pero muy de arriba a abajo.
Saco lo que se supone es mi cartera y le entrego uno de los azules a la cajera que más bien parece una auxiliar de vuelo de cajas registradoras, ella aprovecha para hacerme otros dos escaneos visuales de arriba/abajo, esta vez más meticulosos.
La cajera mete el billete en su máquina de la verdad del dinero, seguro piensa que mi aspecto y sobretodo el de mi cartera es una evidencia incontestable de la falsedad de mi billete y de mi abultado historial de antecedentes penales, pero la máquina canta una luz verde de que mi pasta está destilada en la FNMT
Vuelve a mirarme como la que no quiere la cosa y vuelve a meter el billete en la máquina, y otra vez la luz verde repite que es bueno.
Para entonces la clienta renegría, que esperaba su turno a mi espalda, ya me había chequeado desde el cogote a los talones al menos siete veces.
La mujer de la caja y la maquinita de cazar falsificadores de monóculo me devuelve unas monedas con mucho cuidado, evitando todo contacto epidérmico, no sé bien si por eso de la gripe porcina o por miedo al robo de alguno de sus anillos.
Mientras levanto la bolsa, miro las monedas al tiempo que le pregunto con gesto muy serio:
-”¿Y cuándo vais a poner una máquina para que los clientes podamos comprobar que las monedas que nos devolveis no son falsas?”
Supongo que el factor sorpresa y que aquellas eran las primeras palabras que cruzábamos hicieron pantallazo azul en el cerebro de la auxiliar del pip-pip-piripip, la renegría ahora tenía la misma cara que Belén Esteban leyendo Versos Satánicos.
Bastó una media sonrisa canalla para que ambas recuperaran el aliento y relajaran sus esfínteres sabiendo que ya no tenía intención de descuartizarlas, por pijas y desconfiadas, con el filo de un envase de plástico de uno de los platos preparados.










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