mayo 20th, 2009

Cada cierto tiempo recuerdo aquel borracho, aunque ya no recuerde ni su cara ni su nombre. Cuando que se pasaba de copas, se dejaba caer un poco más sobre la barra, levantaba la cabeza hacia unos dibujos chungos que colgaban de la pared, después me miraba y volvía a preguntar:
¿Pero tú qué haces aquí?
Los bares son las universidades populares, aquel tipo, sin que nadie se lo dijera, sabía que si había colgado allí aquellos dibujos era para “marcar el territorio”, una marca a modo de recordatorio para intentar convencerme de que siempre valía la pena intentarlo.
Por todos los sitios por los que he pasado he dejado un dibujo, salvo en uno en el que he tuve que descolgar un lienzo que cubría la caja fuerte, minutos antes de su cierre, para no tener que dejarlo allí sepultado, sin embargo alguna pintura mural se quedaba en sus paredes.
Algunas décadas después sigo enfrentándome a las mismas preguntas que muchos se hacen y que creo tienen una respuesta simple que muchos no desean escuchar o no saben contestarse.
Convertir en dinero un modo de vida cuando la mentalidad generalizada es que se come de los aplausos es uno de los mayores retos y puede que un error si se trabaja sólo con ese objetivo.
La mayoría de consultas de personas que lo han dejado, que lo quieren retomar o que pretender iniciarse con las que he coincidido estos últimos años quieren una respuesta concreta a sus dudas concretas sobre cómo mejorar, cómo vender lo que hacen, quieren saber cómo hacer algo que guste. La mayoría disparan la pregunta a otros autores sin plantearse hacérsela ellos mismos.
Para algunos tontos internet es sólo una amenaza, un espantoso escaparate de vanidades y molestos anonimatos con leyendas engordadas de envidias por famas imposibles a la sombra constante de un par de casos de éxito. Nada nuevo que no exista desde siempre, pero no han podido herir de muerte la frescura de muchas de aquellas cosas de las se hacían porque sí.

Por esto que cada día me convenzo más de que hay que retomar el espíritu del fanzine. De aquello que se hacía porque había que hacerlo, sin más.
Si mañana desapareciera internet inventaríamos el fururku, pero seguiríamos publicando y autopublicando.
Hay personas que dibujan mientras hablan por teléfono, que inventan una historia mientras meten una bombona de butano en una estufa o que dan forma a una idea al tiempo que ordenan un cajón de calcetines que no tiene orden posible.
Ninguno de ellos piensa en ese momento ni cómo ni dónde va a vender eso, la magia es que un día alguien quiera, además de leerlo, comprarlo.
La red sólo ha ampliado la pasarela, permite exponer y exponerse a más y más gente, someterse a un juicio mayor. No hay trucos ni estrategias si lo que haces gusta, no importa el envase, tarde o temprano alguien lo descubrirá, lo compartirá y la cadena se ampliará, todos ellos serán los que tomen la decisión final y sólo entonces sabrás que parte te ha tocado.
No importa que creas que es una estupidez, lo estúpido será acogido o desahuciado en función de cómo lo hayas contado, hagas lo que hagas en contra o a favor no podrás impedir que se acepte, venda, rechace o ignore. La gente, esa masa ambigua, ruidosa e invisible que es la que manda.
La gente tiene una capacidad oculta e innata, sabe ver lo que cfree que está mal y no le gusta como sabe también descubrir lo que le gusta o cree que está bien aunque no sepa exactamente los motivos. Otra vez la magia.
Pero entre tanta magia están los que un día creyeron y siguen creyendo que el marketing sirve para todo y es obligatorio meterlo en todo bautizando con nombres en inglés acciones posibles destinadas a darle potencia comercial a cualquier cosa y es justo entonces cuando todas las magias juntas se van a tomar por saco.
Estos , en la mayoría de los casos sólo hacen lo que venden o intentan vender lo que otros hacen que sale más barato y tiene más margen pero yo prefiero seguir ordenando el cajón de los calcetines que aún mantiene su magia.










Añade tu comentario
0 trackbacks