septiembre 29th, 2008

No hay remedio, si se relaciona violencia con fútbol aparecerán los que correrán a separar violentos de aficionados y que estos violentos son sólo unos pocos aunque las que lían sean sonadas y multitudinarias.
Pero lo que está claro que basta entrar en cualquier gran estadio y respirar el ambiente para notar que entre los que “van a descargar” y los que “van a cagarla” se establece un todo muy ruidoso, crispado y amenazante.
Un niño puede entrar de la mano de papá a ver como dos masas de dos distintos colores se grita todo tipo de insultos al tiempo que se intercambian gestos y cantos y en el peor de los casos intercambian un cruce de hostias, patadas y disparos de cohetes y bengalas, eso siempre que no les de por arrancar vallas y asientos para hacerlos volar sobre el aficionado enemigo o patearle los sesos a algún agente de seguridad o policia siempre en evidente minoría numérica.
Ese mismo niño, pasados unos minutos podrá volver a ver la repetición de las mejores agresiones en todos los infomativos, luego irá a ponerse la camiseta de su jugador multimillonario favorito y correrá a jugar un partidillo con los amigos.
Un mogollón de personas paga creyendo que en el precio de la entrada va incluído, como mínimo, el derecho avociferar insultos o lanzar cualquier cosa a la cabeza de cualquier persona.
Todo el que se comporta así por un simple juego es simplemente un descerebrado.
Pero claro, el fúrgol es asín y el violento siempre será el otro.










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