enero 6th, 2008

Cuando el flash le iluminó la cara me dijo:
“Por favor deja de hacerme fotos y dile al cabrón que me ha vestido de gilipollas y me ha encadenado a este coche cutre que me suelte de una jodida vez, estoy mareado, no se qué me han metido en el cuerpo. No quiero estar aquí”
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No entiendo de osos, pero son animales con rostros muy expresivos.
Estos cuatro osos iban montados en un jeep con banderitas y una jaula con dos palomas y un gato en una cesta sobre el capó en la cabalgata de los reyes magos de Antequera (Málaga)

El oso vestido con esos estúpidos ropajes miraba al cielo, parecía buscar la luna para comérsela de un bocado o quizás clamaba el cielo lamentándose de su suerte.

Por más vueltas que le doy no encuentro la relación entre estas imágenes y lo que puede o debe significar una cabalgata de reyes magos para los destinatarios de la misma, los niños.

En un momento del triste paseillo, uno de ellos quiso comerse una rueda, supongo que en un intento de parar la procesión animal, pero el vigilante del tinglado lo impidió dándole de palos con una vara ante la mirada de sorpresa de los tiernos infantes. Los niños aprendieron anoche que comer neumáticos está castigado con azotes.

Lamerse las heridas es la única solución cuando vas encadenado a un jeep blanco con banderitas. Las miradas de los osos hablaban. Los comentarios alrededor los de siempre:
“Están sedados”, “Mira hijo los ositos”,”pobres animales, que pena”

Entre tambores y cornetas de una banda con ritmos de semana santa, el ambiente lejos de levantar euforias producía cierta tristeza.
Alrededor había de todo, caramelos, nieve artificial, personajes de dibujos animados y bailarines, gigantes y malabaristas pero en un todo de retales imposible de encajar.

Quizás sea culpa del semblante de los osos, seguro que alguien puede decirme que es igual (o nada) cruel ver a camellos, caballos, dromedarios y elefantes en esta misma cabalgata.
Pero los osos parecían condenados a galeras, incluso reos al que se les hacía el último paseillo.

Las cabezas pensantes de esta cabalgata jamás fueron niños, quizás subastaron su cerebro durante su juventud y ahora desconocen el sentido de palabras como ilusión, infancia, inocencia, ternura o dolor.
El oso finalmente dejó de hablarme, enseguida supo que no haría nada por él, rapidamente entendió que sólo me había acercado para tener un mejor plano.
Volvió la cabeza y continuó buscando otra mirada benevolente.

Cuando miro al oso me da pena el hombre.
Otra foto del cochecito leré (pinchar para ampliar) que aparece junto a otras de la cabalgata en la web municipal.










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